jueves, 3 de julio de 2014

DIAGNÓSTICO DE UNA MADRE QUE PERDIÓ A SU HIJO: TRISTEZA ABSOLUTA.

Por primera vez, cuenta qué hubo detrás del suicidio de su hijo, un estudiante de los Andes.
No sobra nada. Hay justo lo necesario para vivir bien; un buen apartamento y sin extravagancias en un sector del norte de la ciudad, un cupo en la mejor y más costosa universidad del país, y la posibilidad de viajar una vez al año a cualquier rincón del mundo.
Nada de eso importó, el diagnóstico fue solo uno: tristeza absoluta. Santiago* había entrado en un estado que en psicología llaman plano; morir era la única opción. “Hace cuatro años que no le encuentro sentido a mis días. No quiero estudiar, no quiero ser psicólogo, no quiero pasar mi vida en una oficina. He tratado de tener sexo desenfrenado, usar drogas, pero me es imposible ser feliz”, decía un aparte de su primera carta de despedida.
Sofía*, atlética, de 59 años, habita en el mismo lugar en donde vio a su hijo por última vez. Carga la historia de un pasado con excesos de soledad, y un kleenex se deshace en su rostro tratando de desaparecer las lágrimas. “Nací en Suba cuando era un potrero apartado. Allí vivía con mis dos hermanos. El único contacto era con los niños trabajadores de la finca. Nuestra educación fue en casa”.
Su padre, austriaco, los apartó del mundo, al parecer queriendo alejar a su familia de la Segunda Guerra Mundial, esa que persistía en su cabeza y que le había arrancado de su vida a su primera esposa y a un hijo. “Llegó a Colombia con dos marcos, triste, expulsado de su país. Para él fue como comenzar de nuevo. Con 55 años se casó con mi mamá que tenía 25 y era modista, tuvo tres hijos y vivió de su carrera, arquitectura”.
Sofía recuerda las palabras dulces que él le decía, pero también su reacción cuando decidió estudiar Secretariado Bilingüe. “Se puso furioso. Tenía miedo de que sus hijos se fueran. Con el tiempo lo asimiló y hasta me ayudó a terminar mi carrera porque vio resultados. Yo era importante para él”.
Otra fue la historia con su madre, una mujer recia de origen campesino. “Fue muy dura conmigo. Venía de una familia de nueve hermanos, pobres, que vivían en el campo. Mis abuelos siempre dependieron de criar gallinas y animales.
Todos sus hermanos se vinieron a Bogotá. Lo que siento es que ella descargó más responsabilidades en mí, que en mis otros hermanos”.
Durante 32 años Sofía fue exitosa, siempre trabajó en multinacionales y, en ese momento de su vida, en la misma zona rural donde transcurrió su juventud, conoció a su esposo haciendo deporte, una afición de toda su vida.
Cuatro años después de su matrimonio, nació Santiago, pero para ese momento la relación de pareja ya era difícil. “Siempre tuvo un carácter duro. Él es ingeniero civil y, aunque trabajó mucho tiempo, cuando nació mi hijo se quedó sin empleo”.
A los 32 años Sofía no solo respondía con la mayor parte de las responsabilidades de su hogar, laborando de 8 de la mañana a 5 de la tarde, sino por la salud de sus padres, ya ancianos. Y llegaba a su casa a cumplir con las tareas del hogar. “A mi pareja no le gustaban las empleadas: le parecían terribles”.
Mientras todo eso pasaba, Santiago era cuidado en una guardería del barrio, muchas veces hasta las 7 u 8 de la noche, porque pocas veces su padre se apersonaba.
Hasta quinto de primaria Sofía tenía que llegar del trabajo a hacer las tareas con su hijo. “Llegaba cansada a hacer oficio, a cocinar, a lavar la ropa… Sí, yo le gritaba si las tareas le quedaban mal hechas. Repetí el mismo patrón de mi mamá. No dormía bien, mi trabajo era exigente, discutía con mi esposo porque nunca podía recogerlo. Le hacía saber que estaba cansada pero nunca actuamos como un equipo de trabajo”. Sofía suspira. Ese mismo recorrido de su vida lo ha hecho una y otra vez, después de la muerte de su hijo.
Una pequeña sonrisa se dibuja luego en su rostro y recuerda esos momentos alegres en los que él y ella eran uno solo. “Santiago fue hermosísimo. Me ayudaba a lavar la losa, me alcanzaba las pantuflas, era tierno. Le iba excelente en su colegio, era muy disciplinado”.
Pero había una constante en la vida de Santiago: creció viendo a su madre trabajar, a su padre irse, no sabía a dónde, pero siempre lejos de su existencia, la posibilidad de tener alguna vez a un hermano desvanecerse entre las ocupaciones de su familia. “Mi esposo no quiso otro niño. Era un hombre huraño, pero tampoco lo culpo. Desde los diez años estuvo en un colegio interno y después en un seminario. El papá trabajaba, la mamá era maestra. Terminamos uniéndonos dos personas con un pasado triste”.
Santiago pasó de ser un niño sensible, amante de los animales, a convertirse en uno tímido, cada vez más ajeno a su entorno. Siempre fue el mejor en materia académica, pero no pasaba lo mismo en su vida social. “Supe por una profesora que tuvo tiempos en los que estaba muy aislado. Era de pocos amigos, como yo. A mí me daba jartera reunirme, perder todo un día para dos horas de trabajo me parecía estúpido”.
A Sofía le pesan muchas cosas. Solía hacer ejercicio los domingos. Corría 10 o 20 kilómetros. Mientras eso pasaba su hijo la esperaba en casa. Cuando la veía llegar estaba muy cansada. “Dormía mucho, estaba rendida. Esa era mi vida los fines de semana”, recuerda.
Los escasos momentos en que madre e hijo se relacionaban estaban precedidos de ataques de celos del padre. “Le enfurecía que yo me metiera en la cama con mi hijo hasta los 20 años. En ese momento Santiago me contaba cosas, nos reíamos. Mi esposo siempre fue cuadriculado, seco, indiferente y machista”, cuenta.
Entonces, Santiago se fue refugiando en sus estudios. Aprendió a jugar tenis, patinaje, natación, escuchaba música durante horas y pasaba tardes enteras perdiéndose entre programas de cultura e historia.
Solo había un mes en el año en el que intentaban ser familia. “Pedía vacaciones y nos íbamos a cualquier parte del mundo. Así conocimos Chile, Argentina, Alaska, Canadá, Brasil. A mi hijo le gustaban mucho los viajes. Una vez me dijo: ‘Solo esos días estamos juntos, ¿verdad mami?’ ”.
De resto, las Navidades eran tan solas como los demás días del año. El padre de Santiago solía desaparecer justo el 24 de diciembre porque detestaba tener que pasar ese día en familia. Decía que regalarse medias y calzoncillos era un plan demasiado aburrido. Entonces Sofía y Santiago hacían las visitas de rigor y, otra vez, se refugiaban en su pequeño mundo.
Santiago era autodidacta. Aprendió a hablar inglés, francés y alemán con casetes que su madre le regaló y cuando alcanzó la edad suficiente para entrar a la universidad, qué mejor opción que la Universidad de Los Andes, cuna de ministros y presidentes.
Quiso estudiar veterinaria o arquitectura, por las historias de su abuelo, pero terminó inscribiéndose en psicología, y al poco tiempo, influenciado por su madre, a alternar su carrera con la de idiomas. Tenía 18 años cuando comenzó en la universidad. “Lo forcé a estudiar dos carreras. Sus días eran muy pesados, pero era el mejor”.
Santiago cumplió 22, con una apariencia física de un joven menor, que vestía ropa oscura. Era alto y solía contarle a su mamá la historia de una niña que andaba con una maleta, siempre apartada, siempre sola. “No sé si me intentaba contar cosas. Creo, ahora, que estaba hablando de él”, dice Sonia.
El comienzo del fin
Ese día Santiago había tomado la decisión de salir más tarde de su casa hacia la universidad para no tener que irse con su madre. Cambió de horarios y quiso comenzar a llegar más tarde a dormir. El contacto era mínimo y su personalidad cambió de forma drástica. “Él llegó a consumir marihuana”.

Eran menos los momentos en los que quería hablar con su mamá, hacerle cosquillas o burlarse de las costumbres colombianas que catalogaba de ordinarias. “Decía que la gente debería ser más culta. A mí tampoco me gustan mucho las cosas de este país: el vallenato, las chivas, las cosas autóctonas me hartan”, dice Sofía.
Una pelea con su hijo cambió para siempre la rutina de esta familia. “Discutimos. Se puso histérico porque la empleada desconectó el televisor y dañó un programa que estaba grabando. Me gritó y yo le exigí que no me faltara al respeto. Esa noche se lavó los dientes, se despidió de mí y al otro día desapareció. Eso fue el miércoles 8 de septiembre del 2008”.
Pasaron jueves, viernes, sábado, domingo y lunes. Era el fin de semana que se celebra el Día del amor y la amistad. “Lo buscamos por todos lados, le escribimos correos, fuimos a la funeraria, a la Fiscalía pero no aparecía. Me acosté destrozada”.
Eran las 11:30 de la mañana cuando sonó el teléfono. Santiago se había internado en un hotel. Llevaba dos días sin salir y eso alertó al personal. “Se había tomado 60 pastillas. Fue su primer intento de suicidio. No me dijo nada. Estaba seco. Yo también sentí miedo de preguntar. Después de eso nos dijeron que buscáramos a un psiquiatra”, cuenta su madre.
El padre de Santiago había encontrado algo más en la maleta del joven: una cuerda. El plan B era colgarse, pero tener 1,80 de estatura le dificultaba la tarea. “Nos recomendaron que lo lleváramos a la clínica Monserrat, para enfermos mentales. Allá estuvo durante un mes”.
Fueron tardes enteras bañadas en llanto. Sofía tenía que ver a su hijo sedado para que no se suicidara porque esa se había convertido en su obsesión. Buscó la muerte colgándose de la columna de un baño y cortándose las venas con una cuchilla.
Salió de la Monserrat contento, cansado de dormir tiempo completo, para que la idea del suicidio se le borrara un poco. Pero allá hizo dos intentos más, incluso, con una cuchilla. “Yo le decía: ‘Hijo, por qué te haces esto’. Y él me respondía: ‘Mamá, porque me duele menos’. ‘¿Luego, qué te duele?’. ‘¿Adentro mamá, adentro’. Es como si buscar la muerte lo liberara”, recuerda Sofía.
Los psicoanalistas salían frustrados de las sesiones con el joven: se resistía a hablar del pasado y por eso llegaron a contratar a un psiquiatra reconocido. “Un mes después mi hijo salió de la clínica”.
Santiago volvió a la universidad en 2008, tenía lapsos de dos meses en aparente calma hasta que llegó la Navidad. “Ese día, como nunca, decidimos pasarla juntos en la casa de la abuela. Cuando íbamos llegando se le desgranaron las lágrimas y me dijo: ‘Mamá, no puedo’. Nos tocó devolvernos a la casa”.
Santiago había hecho un pacto en terapia. Prometía vivir solo hasta el 15 de enero de 2009. Mientras se cumplía el plazo, Sofía se desgarraba por dentro cada vez que veía a su hijo salir a la calle. Era una angustia permanente de pensar en recibir la peor de las noticias o en hacer algo que sacara de esa infinita tristeza a su hijo. Cerrar los ojos en las noches era una pelea contra el tiempo y el cansancio.
Una de esas noches oyeron un ruido. Santiago había coleccionado pastillas en un frasco. Aquella vez, ingirió demasiadas. “ ‘Hijo, ¿qué haces?’ Él, en medio de su borrachera, me dijo: ‘Ya sabes mamá’ ”. Sofía y su esposo terminaron esa noche en la clínica. Le hicieron un lavado de estómago. Duró una semana desintoxicándose y cuando despertó solo dijo: “Maldita sea, por qué me quieren obligar a vivir”.
Sofía mataba sus demonios corriendo; era lo único que la ayudaba a seguir, a sentir el odio de su hijo por no dejarlo partir, a soportar verlo internado en la Clínica La Paz, en donde también intentó colgarse, porque ya los gastos no le permitieron mantener el tratamiento en un sitio privado. Su convicción de morir era tan clara que se burlaba de sus compañeros de encierro, a quienes tildaba de locos por sus extrañas maneras de padecer su enfermedad. Dos meses después, salió de la clínica. Cumplió 22 años el 14 de julio de 2008 y el 16 de ese mismo mes todo acabó. “El psiquiatra dijo que su diagnóstico era tristeza absoluta, depresión mayor; en esos casos no hay expectativa de vida. Ahora pienso que él hizo esfuerzos por vivir. No por él, por nosotros. Comer, sonreír era difícil”, contó.
Santiago estuvo en paz el día en que tuvo la convicción de morir. Los psicólogos que lo trataron dicen que ese momento se llama ‘plano’. Luego de esta etapa llegó el día. “Esa noche soñé que bajaba las escaleras. Vi a mi hijo dentro del carro y un colchón estaba debajo del mismo. Cuando intenté entrar, la puerta estaba con candado”.
Ese fue el preludio. Cuando Sofía despertó su hijo yacía en su cama, había vomitado y a su lado había una botella de Coca Cola sin terminar. Eso pasó a las 3:30 de la mañana. A las 5:50, el apartamento de esta familia estaba lleno de funcionarios de la Fiscalía y de paramédicos.
Fue doloroso, pero, en medio de ese infierno, Sofía siente que él descansó de esa búsqueda permanente de la muerte.
Sofía mantiene el cuarto de su hijo intacto. Ahora, que ya no trabaja, sabe que la luz del día entra directo en la habitación de su hijo, rastrea cada detalle de su vida para tratar de encontrar el momento exacto en que su hijo tomó un camino sin salida, soporta en silencio los años que le quedan. Vive con su esposo a quien culpa, por parte, de su desgracia y corre, corre mucho, tratando de entender las razones que le impidieron celebrar una Navidad, darle un juguete a su hijo, invitar a sus amigos a la casa, tantas cosas. “Después del suicidio es como si se abriera un telón. Ahora, vivir... ¿como para qué? No sé si lo haga”, dice.
Le ha rondando la idea de la muerte y por eso asiste a una fundación de familiares de suicidas para superar su tragedia. Ha entendido que muchos jóvenes toman la decisión por soledad. “Por eso le cuento mi historia, no es amarillismo, es para que otras familias cambien a tiempo y que para que universidades y colegios intervengan si hay alertas, como las de mi hijo”.
Hoy, ni sus allegados conocen la historia completa que desencadenó la muerte de Santiago, porque Sofía los odió después de ese día. Todas las cartas de despedida son guardadas por ser el testimonio de una vida que se apagaba.
También el anuario en el que escribió en alemán: “Gracias mamá, tías, abuelas por haber sido incondicionales. Papá, no sé por qué siempre estás tan alejado de mí”.
CAROL MALAVER Redactora de EL TIEMPO


*Nombres cambiados para proteger identidad. Escríbanos a carmal@eltiempo.com

martes, 3 de diciembre de 2013

Cuento corto de García Márquez


   

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del    mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos.
Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus duda
Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.
El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado.
Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención.
De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba.
Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: "como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que  lo repares sin ayuda de nadie".
Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así.
Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.
"Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo".
Al principio el padre no creyó en el niño!
 Pensó que sería imposible que, a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.
Para su sorpresa, el mapa estaba completo.
Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares.
¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?
De esta manera, el padre preguntó con asombro a su hijo: 
Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo lograste? 
Papá, respondió el niño; yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre.
Así que di vuelta los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era.
"Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo".
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Eso es lo que te vas a llevar.

        Un hombre murió.    Al darse cuenta vio que se acercaba Dios y que llevaba una maleta consigo.


        Y Dios le dijo:


-       Bien hijo es hora de irnos.


        El hombre asombrado preguntó:


-       Ya? Tan pronto? Tenía muchos planes....


-       Lo siento pero es el momento de tu partida.


-       Que traes en la maleta? preguntó el hombre.


        Y Dios le respondió,


-       Tus pertenencias!!!...


-        Mis pertenencias?? Traes mis cosas, mi ropa, mi dinero?


        Dios le respondió:


-       Eso nunca te perteneció, eran de la tierra.


-        Traes mis recuerdos?


-        Esos nunca te pertenecieron, eran del tiempo.


-       Traes mis talentos?


-       Esos no te pertenecieron, eran de las circunstancias.


-       Traes a mis amigos, a mis familiares?


-        Lo siento , ellos nunca te pertenecieron, eran del camino.


-       Traes a mi mujer y a mis hijos?


-       Ellos nunca te pertenecieron, eran de tu corazón.


-       Traes mi cuerpo?


-        Nunca te perteneció, ese era del polvo.


-       Entonces traes mi alma?


-        No! Esa es mía.

 
        Entonces el hombre lleno de miedo, le arrebató a Dios la maleta y al abrirla se dio cuenta que estaba vacía..... 
        Con una lágrima de desamparo brotando de  sus ojos, el hombre dijo:


-       Nunca tuve nada?


-       Así es, cada uno de los momentos que viviste fueron solo tuyos. 
        La vida es solo un momento... 
        !! Un momento solo tuyo!!!                          
        Por eso, mientra estés a tiempo disfrútalo en su totalidad.
         Que nada de lo que crees que te pertenece te detenga.... Vive el ahora! Vive tu vida...!!! Y no te olvides de SER FELIZ, es lo único que realmente vale la pena! 
        Las cosas materiales y todo lo demás por lo que luchaste, se quedan aquí! 
        NO TE LLEVAS NADA!   


        Regala esta hermosa reflexión a todos los que quieras en este mundo y disfruta cada segundo que vivas. 
        Eso es lo que te vas a llevar.
 

martes, 12 de noviembre de 2013

UN PERRITO CON UNA EXCELENTE IMAGINACION


Un señor va de cacería al África y lleva a su perrito. Un día, el Perrito Se aleja del grupo, se extravía y comienza a vagar solo por la selva.

En eso ve a lo lejos que viene una pantera enorme a toda carrera.

Al ver que la pantera lo va a devorar, piensa rápido qué hacer.

En eso ve un montón de huesos de un animal muerto y empieza a mordisquearlos.

Cuando la pantera está a punto de atacarlo, el perrito dice:

¡¡¡Ah, qué rica pantera me acabo de comer!!!

La pantera lo alcanza a escuchar y frenando en seco, gira y sale despavorida pensando:

¡¡¡¿Quién sabe qué animal será ese. A ver si me come a mí También???!!!

Un mono que andaba trepado en un árbol cercano, oyó y vio la escena.

Sin más salió corriendo tras la pantera para contarle cómo la había engañado el perrito:

¡Pantera pendeja. Esos huesos ya estaban ahí, además, es sólo un simple perrito!

La pantera, enojada, sale corriendo a buscar al perrito con el mono montado en el lomo. El perrito ve a lo lejos que viene nuevamente la Pantera con el mono y se da cuenta de que este último había ido con el chisme.

¿Y ahora qué hago? piensa todo asustado. Entonces, en vez de salir corriendo, se queda sentado dándoles la espalda, como si no los hubiera visto, y cuando la pantera estaba cerca de atacarlo de nuevo, el perrito exclama:

¡¡¡ Ese mono , hace como media hora que lo mandé a traerme otra pantera y todavía no aparece!!!

De nuevo la pantera frena en seco, gira y sale despavorida, claro, no sin antes desquitar su ira y su hambre con el mono!!!!!!

MORALEJA

EN MOMENTOS DE CRISIS, SÓLO LA IMAGINACIÓN ES MÁS IMPORTANTE QUE EL CONOCIMIENTO.
1.. Procura ser imaginativo como el PERRITO.
2. Evita ser pendejo como la PANTERA.
3. Y nunca, pero nunca! seas un  chismoso como el MONO
 

viernes, 1 de noviembre de 2013

EL REFLEJO DE TU VIDA


Había una vez un anciano que pasaba los días sentado junto a un pozo en la entrada de un pueblo.

Un día, un joven se le acercó y le preguntó:

- Yo nunca he venido por estos lugares… Cómo son los habitantes de esta ciudad?

El anciano le respondió con otra pregunta:

- Cómo eran los habitantes de la ciudad de la que vienes?

- Egoístas y malvados, por eso me he sentido contento de haber salido de allá.

- Así son los habitantes de esta ciudad, respondió el anciano.

Un poco después otro joven se acercó al anciano y le hizo la misma pregunta:

- Voy llegando a este lugar, cómo son los habitantes de esta ciudad?

El anciano, de nuevo, le contestó con la misma pregunta:

- Cómo eran los habitantes de la ciudad de donde vienes?

- Eran buenos, generosos, hospitalarios, honestos, trabajadores. Tenía tantos amigos que me ha costado mucho separarme de ellos.

- También los habitantes de esta ciudad son así, respondió el anciano.

Un hombre que había llevado a sus animales a tomar agua al pozo y que había escuchado la conversación, en cuanto el joven se alejó le dijo al anciano:

- Cómo puedes dar dos respuestas completamente diferentes a la misma pregunta hecha por dos personas?

- Mira, le respondió, cada uno lleva el universo en su corazón. Quien no ha encontrado nada bueno en su pasado, tampoco lo encontrará aquí. En cambio, aquel que tenía amigos en su ciudad, encontrará también aquí amigos leales y fieles.

Porque las personas son lo que encuentran en Sí mismas… Encuentran siempre lo que esperan encontrar…

viernes, 27 de septiembre de 2013

LA MANO DE DIOS

Un médico entró en el hospital de prisa después de haber sido llamado ...a una cirugía urgente. 
Él contestó a la llamada lo antes posible, se cambió de ropa y se fue directamente al bloque de la cirugía. 
 Él encontró el padre del niño ir y venir en la sala de espera para el médico.
Una vez al verlo, el padre gritó: "¿Por qué tomaste todo este tiempo por venir? ¿No sabes que la vida de mi hijo está ...en peligro? ¿No tienes sentido de la responsabilidad? " 
 El médico sonrió y dijo: "Lo siento, yo no estaba en el hospital y me vine lo más rápido que pude después de recibir la llamada...... Y ahora, me gustaría que se calme para que yo pueda hacer mi trabajo" 
 "Que me Calme¡¡ ¿Qué pasaría si fuera su hijo el que estuviera en esta habitación ahora mismo, estarías calmado? Si su hijo se estuviera muriendo ahora qué harías? ", Dijo el padre enojado. 
  El médico volvió a sonreír y contestó: "Voy a decir lo que dijo Job en la Biblia" Del polvo venimos y al polvo volveremos, bendito sea el nombre de Dios”.
Los médicos no pueden prolongar la vida.
 Iré a interceder por su hijo, vamos a hacer todo lo posible por la gracia de Dios "
 "Dar consejos cuando no estamos en cuestión es tan fácil", murmuró el padre. 
 La cirugía se llevó algunas horas después, el médico salió feliz, "Gracias a Dios! Su hijo se ha salvado!
 " Y sin esperar la respuesta del padre el doctor muy apurado mira su reloj y sale corriendo. 
 Mientras se marchaba le dijo "Si usted tiene algunas pregunta, pregúntele a la enfermera!" 
 "¿Por qué el es tan arrogante? No podía esperar algunos minutos mas para que para preguntarle mas sobre el estado de mi hijo ", 
 LA ENFERMERA RESPONDIÓ, CON LÁGRIMAS POR SU ROSTRO: "EL HIJO DEL DOCTOR MURIÓ AYER EN UN ACCIDENTE DE CARRETERA, Y EL MEDICO ESTABA EN EL CEMENTERIO CUANDO USTED LE LLAMÓ PARA QUE REALIZARA LA CIRUGÍA DE SU HIJO. Y AHORA YA LE SALVÓ LA VIDA A SU HIJO, DÉJELO IR YA SE FUE CORRIENDO PARA TERMINAR EL ENTIERRO DE SU HIJO. 

 " NUNCA JUZGUES A NADIE, PORQUE NUNCA SE SABE CÓMO ES SU VIDA Y EN CUANTO A LO QUE ESTÁ SUCEDIENDO O LO QUE ESTÁ PASANDO.

jueves, 29 de agosto de 2013

¿ESTÁS CON LA PAREJA ADECUADA?

Durante un seminario, una mujer preguntó: "¿Cómo puedo saber si estoy con la persona adecuada?"  El autor entonces se dio cuenta de que había un hombre corpulento sentado a su lado por lo que dijo: "Depende. ¿Es tu pareja?" Con toda seriedad, ella respondió "¿Cómo lo sabes?" Voy a responder a esta pregunta porque las posibilidades son buenas de que está pasando en su mente respondió el autor.   Aquí está la respuesta.  Cada relación tiene un ciclo.  Al principio, caes perdidamente enamorada.  Te anticipas a sus llamadas, quieren estar en contacto, y se gustan sus costumbres.   Enamorarse no fue difícil.   De hecho, fué una experiencia completamente natural y espontánea.  No tuviste que hacer nada.  Es por eso que se llama "perdidamente enamorados". Enamorarse es una experiencia pasiva y espontánea.  Pero después de unos meses o años de estar juntos, la euforia del amor se desvanece.   Es un ciclo natural de todas las relaciones. Poco a poco, las llamadas telefónicas se convierten en una molestia (si es que las hay), el contacto no es siempre bienvenido (si es que lo hay), y las costumbres de su cónyuge, en vez de sentir lindo, te vuelven loc@.
Los síntomas de esta etapa varía con cada relación, usted notará una gran diferencia entre la etapa inicial cuando estaban enamorados y una fase mucho más aburrida o con actitudes de enojo incluso. En este punto, usted y/o su pareja pueden estarse preguntando, "¿Estoy con la persona correcta?"  Y al reflexionar sobre la euforia del amor que una vez tuvieron, pudieran empezar a desear esta experiencia con alguien más.   Aquí es cuando las relaciones truenan.
                               
La clave para tener éxito en una relación no es encontrar a la persona adecuada, sino aprender a amar a la persona encontrada.  La gente culpa a su pareja por su infelicidad y busca fuera lo que le hace falta. Las atenciones extra maritales vienen en todas las formas y tamaños.

La infidelidad es lo más común.   Pero a veces la gente se envuelve en el trabajo, en un pasatiempo, en una amistad, televisión en exceso, o sustancias de abuso.  Pero la respuesta a este dilema no está fuera de su relación.  Se encuentra dentro de él.

La clave para tener éxito en la relación no es encontrar a la persona adecuada, sino aprender a amar a la persona que se encontró.

MANTENER el amor no es una experiencia pasiva o espontánea.  Usted tiene que trabajar en ello día tras día.   Se necesita tiempo, esfuerzo y energía.  Y lo más importante, exige SABIDURÍA.
Usted tiene que saber Qué hacer para que funcione.  No nos equivoquemos al respecto.

El amor no es un misterio.  Hay cosas que usted puede hacer (con o sin su pareja), Así como hay leyes físicas del universo (como la gravedad), también hay leyes para las relaciones. Si usted sabe cómo aplicar estas leyes, los resultados son predecibles. El amor es por lo tanto una "decisión".
No es sólo un sentimiento. Recuerda esto siempre: Dios determina quién entra en tu vida.
Depende de ti quien quieres que camine a tu lado, a quien permites que se quede, y a quien quieres dejar ir!