viernes, 17 de octubre de 2014

QUE MEDICOS ......DE OPULENCIA?

En la Clínica de un famoso cirujano cardiólogo, entra la secretaria al consultorio de éste y le anuncia que un viejecito, muy pobre, deseaba consultarle, recomendado por un medico del hospital público.
El médico le dice que hablará con él una vez que haya atendido a todos los clientes con cita médica.
Después de dos horas de espera, el médico recibe al anciano y éste le explica la razón de su visita:
- 'El médico del hospital público me ha enviado a usted porque únicamente un medico de su prestigio podría solucionar mi problema cardíaco y, en su clínica poseen equipos suficientes como para llevar a cabo esta operación'.
El médico ve los estudios y coincide con el colega del hospital. Le pregunta al viejito con qué Compañía de Seguros se haría operar. Este le contesta.... 'Ahí está el problema Dr. Yo no tengo seguro social y tampoco dinero. Como verá, soy muy pobre y para peor, sin familia... Lo que pido, sé que es mucho, pero tal vez entre sus colegas y usted puedan ayudarme...'.
El médico no lo dejó terminar la frase. Estaba indignado con su colega del hospital. Lo envió de regreso con una nota explicándole que su 'Clínica era Privada y de mucho prestigio, por lo tanto no podía acceder a su pedido'. El había estudiado y trabajado duramente estos años para abrir su clínica y ganar el prestigio y los bienes que tenía.
Cuando el anciano se retiró. El médico se percató de que éste había olvidado un carpeta con unas poesías y una frase suelta que le llamó mucho la atención. La frase decía: 'El órgano que mejor habla es el corazón' y firmaba Hermógenes Fauvert. Esta frase le gustó mucho al médico, pero lo que más le gustó fue el nombre del autor de la frase, Hermógenes Fauvert.
Le hacía recordar su juventud, pues, en primaria, la maestra les leía sus hermosos cuentos infantiles. En la secundaria, la profesora de Literatura les enseñaba bellísimas poesías y fue con una de ellas que, al dedicarle a una de sus compañeras, se enamoró y esta fue su primera novia. 'Cómo olvidar todo eso si fue parte de lo mejor de su infancia'.
A la semana siguiente, al finalizar la jornada, la secretaria entró al consultorio con el periódico vespertino y compungida le dijo al médico, '¿Se ha enterado, doctor? Hoy han encontrado muerto a 'Hermógenes Fauvert' en un banco de la Plaza del Ayuntamiento, tenía 88 años el pobre'. El médico suspiró de pena y contestó:.'Hombres como él no deberían morir nunca. Que Dios lo tenga en Paz, me hubiera gustado conocerlo.... '
Pero, ¡cómo!..... ¿no lo recuerda?', le dice la secretaria y mostrándole la fotografía del periódico le dice: 'Era el pobre viejecito que vino la semana pasada a consultarle. Era un conocido escritor, solitario y bohemio. No tenía parientes y...'. El médico no la dejó terminar. Le pidió que se retirase y sentándose con los brazos cruzados en el escritorio, lloró.
Lloró como nunca lo había hecho, como el niño que llevaba escondido en su alma. Largo tiempo estuvo en el silencio de su consultorio. Luego, mientras secaba las lágrimas de su escritorio, sacó delicadamente la imagen de Cristo que estaba debajo del cristal y, después de besarla, la guardó en un cajón mientras decía 'Perdón Señor, no soy digno de Ti, no soy digno de que Me mires. Todo lo que tengo, Te lo debo. Me enviaste a un pobre y me habló con la voz del corazón. Yo lo escuché con el oído del egoísmo.... mi vergüenza es grande.... Perdóname Señor'.
Con el correr de los años, la 'Clínica Hermógenes Fauvert', como se denomina desde entonces, se hizo muy famosa. El médico habilitó un sector para la atención de los pacientes sin seguro médico y él personalmente practica las operaciones.
¡Cuántas veces nos habrá pasado lo mismo a nosotros! Nos han hablado con la voz del corazón y no hemos oído.... hemos sido egoístas con nuestros hermanos....

miércoles, 15 de octubre de 2014

Gabriel García Márquez: Carta a Bush



Artículo de Gabriel García Márquez sobre el 11 de septiembre
¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente ver que el horror estalla en tu patio y no en el living del vecino? ¿Cómo se siente el miedo apretando tu pecho, el pánico que provocan el ruido ensordecedor, las llamas sin control, los edificios que se derrumban, ese terrible olor que se mete hasta el fondo en los pulmones, los ojos de los inocentes que caminan cubiertos de sangre y polvo?
¿Cómo se vive por un día en tu propia casa la incertidumbre de lo que va a pasar? ¿Cómo se sale del estado de shock? En estado de shock caminaban el 6 de agosto de 1945 los sobrevivientes de Hiroshima. Nada quedaba en pie en la ciudad luego que el artillero norteamericano del Enola Gay dejara caer la bomba. En pocos segundos habían muerto 80. 000 hombres mujeres y niños. Otros 250. 000 morirían en los años siguientes a causa de las radiaciones. Pero ésa era una guerra lejana y ni siquiera existía la televisión.
¿Cómo se siente hoy el horror cuando las terribles imágenes de la televisión te dicen que lo ocurrido el fatídico 11 de septiembre no pasó en una tierra lejana sino en tu propia patria? Otro 11 de setiembre, pero de 28 años atrás, había muerto un presidente de nombre Salvador Allende resistiendo un golpe de Estado que tus gobernantes habían planeado. También fueron tiempos de horror, pero eso pasaba muy lejos de tu frontera, en una ignota republiqueta sudamericana. Las republiquetas estaban en tu patio trasero y nunca te preocupaste mucho cuando tus marines salían a sangre y fuego a imponer sus puntos de vista.
¿Sabías que entre 1824 y 1994 tu país llevó a cabo 73 invasiones a países de América Latina? Las víctimas fueron Puerto Rico, México, Nicaragua, Panamá, Haití, Colombia, Cuba, Honduras, República Dominicana, Islas Vírgenes, El Salvador, Guatemala y Granada.
Hace casi un siglo que tus gobernantes están en guerra. Desde el comienzo del siglo XX, casi no hubo una guerra en el mundo en que la gente de tu Pentágono no hubiera participado. Claro, las bombas siempre explotaron fuera de tu territorio, con excepción de Pearl Harbor cuando la aviación japonesa bombardeó la Séptima Flota en 1941. Pero siempre el horror estuvo lejos.
Cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo en medio del polvo, cuando viste las imágenes por televisión o escuchaste los gritos porque estabas esa mañana en Manhattan, ¿pensaste por un segundo en lo que sintieron los campesinos de Vietnam durante muchos años? En Manhattan, la gente caía desde las alturas de los rascacielos como trágicas marionetas. En Vietnam, la gente daba alaridos porque el napalm seguía quemando la carne por mucho tiempo y la muerte era espantosa, tanto como las de quienes caían en un salto desesperado al vacío.
Tu aviación no dejó una fábrica en pie ni un puente sin destruir en Yugoslavia. En Irak fueron 500. 000 los muertos. Medio millón de almas se llevó la Operación Tormenta del Desierto... ¿Cuánta gente desangrada en lugares tan exóticos y lejanos como Vietnam, Irak, Irán, Afganistán, Libia, Angola, Somalia, Congo, Nicaragua, Dominicana, Camboya, Yugoslavia, Sudán, y una lista interminable? En todos esos lugares los proyectiles habían sido fabricados en factorías de tu país, y eran apuntados por tus muchachos, por gente pagada por tu Departamento de Estado, y sólo para que tu pudieras seguir gozando de la forma de vida americana.
Hace casi un siglo que tu país está en guerra con todo el mundo. Curiosamente, tus gobernantes lanzan los jinetes del Apocalipsis en nombre de la libertad y de la democracia. Pero debes saber que para muchos pueblos del mundo (en este planeta donde cada día mueren 24. 000 pobladores por hambre o enfermedades curables), Estados Unidos no representa la libertad, sino un enemigo lejano y terrible que sólo siembra guerra, hambre, miedo y destrucción. Siempre han sido conflictos bélicos lejanos para ti, pero para quienes viven allá es una dolorosa realidad cercana, una guerra donde los edificios se desploman bajo las bombas y donde esa gente encuentra una muerte horrible. Y las víctimas han sido, en el 90 por ciento, civiles, mujeres, ancianos, niños efectos colaterales.
¿Qué se siente cuando el horror golpea a tu puerta aunque sea por un sólo día? ¿Qué se piensa cuando las víctimas en Nueva York son secretarias, operadores de bolsa o empleados de limpieza que pagaban puntualmente sus impuestos y nunca mataron una mosca?
¿Cómo se siente el miedo? ¿Cómo se siente, yanqui, saber que la larga guerra finalmente el 11 de septiembre llegó a tu casa?
Gabriel García Márquez

lunes, 13 de octubre de 2014

COMO SE ESCRIBE... ?

Cuando Juan tenía cinco años, la maestra del Jardín de Infantes pidió que los niños dibujaran alguna cosa que amaran mucho.Juan dibujó a su familia. Después, trazó un gran círculo con lápiz rojo, en torno a las figuras.  Deseando escribir una palabra encima del círculo,  se levantó de su mesita y fue hasta el escritorio de la maestra y le preguntó: 
-Seño...como se escribe...?
Ella no lo dejó concluir la pregunta.  Le ordenó volver a su lugar y no interrumpir más la clase.

Juan dobló el papel y lo guardó en el bolsillo de su pantalón.  Cuando regresó a su casa, aquel día,
recordó el dibujo y lo sacó del bolsillo.  Lo alisó bien, sobre la mesa de la cocina,  buscó un lápiz en su mochila y se quedó pensativo,  mirando el gran círculo rojo que rodeaba las figuras. Su madre estaba preparando la cena, yendo y viniendo,  poniendo la mesa en el comedor.  Juan quería terminar su dibujo antes de mostrárselo, y entonces preguntó:
-Mamá, como se escribe...?
-Juan, por favor! no ves que estoy ocupada?  Ve a jugar afuera y no golpees la puerta al salir! 

Juan dobló el dibujo y  lo guardó en el bolsillo de su pantaloncito.    Aquella noche, después de cenar,
Juan volvió a sacar el dibujo de su bolsillo.  Fue hasta la cocina, tomó un lápiz  y observó el gran círculo rojo en la hoja.  Se sentó en el piso de la sala,  cerca del sillón de su padre.
Alisó bien los dobleces del dibujo y  dijo a su padre: 
-Papi, como se escribe...?
-Juan, estoy leyendo y no quiero ser interrumpido!    Ve a jugar afuera y no golpees la puerta al salir!

El pequeño, dobló otra vez la hoja y  la guardó en el bolsillo.   A la mañana siguiente,  cuando su madre separaba la ropa para lavar,  encontró en el bolsillo del pantaloncito de Juan, envueltos en un papel, una piedrita, un pedazo de hilo, y dos bolitas.  
Todos los tesoros que juntaba cuando jugaba fuera de casa. Ella ni siquiera abrió el papel. Tiró todo a la basura....Los años pasaron...  Cuando Juan tenía 28 años, su hijita de cinco, Ana, hizo un dibujo en el Jardín. Era el dibujo de su familia.  El padre rió cuando ella, señalando una figura alta y de forma indefinida, le dijo:  -Este de aquí eres tú, papi!  La pequeña también rió. 
El padre se quedó observando el gran círculo rojo hecho por su hija, alrededor de las figuras, y, lentamente, comenzó a pasar el dedo sobre el círculo. Ana descendió rápidamente del regazo de su padre y
le avisó: -Enseguida vuelvo!  Y volvió. Con un lápiz en la mano. Se acomodó otra vez en las rodillas de su padre,  posicionó la punta del lápiz encima del gran círculo rojo y preguntó: 
-Papi, como se escribe amor?
Juan abrazó a su hija, tomó su manito y la fue conduciendo, despacio, ayudándola a formar las letras, mientras le decía: -Amor, querida hija, se escribe con las letras:  T...I...E...M...P...O 
Si no tenemos tiempo para amar, deberíamos crearlo, al fin y al cabo, el ser humano es de creatividad,

y el tiempo... bueno,  el tiempo es una elección de cada uno. 

Desconozco el autor

domingo, 5 de octubre de 2014

“DIOS NO EXISTE”


Por primera vez el científico Stephen Hawking se declara abiertamente ateo y explica en detalle por qué no cree que haya un creador del universo.
La pregunta sobre la creación ha atormentado al hombre desde que tiene memoria, y tradicionalmente los pueblos la han atribuido a una acción divina. Hoy la ciencia ha refinado  la teoría del Big Bang y la gran explosión que dio origen al universo está más que confirmada. Gracias a los últimos avances es posible entender exactamente qué fue lo que pasó microsegundos después, es decir, cómo se formaron las galaxias y los planetas. Pero aún no hay una respuesta definitiva sobre qué sucedió antes, qué provocó ese estallido y cuál es su razón de ser. 
Durante siglos científicos y filósofos han intentado desentrañar esos complejos interrogantes.  El cosmólogo británico Stephen Hawking es una de las mentes que más tiempo y energía le han dedicado al tema. Sus planteamientos e historia de vida lo han convertido en una estrella y a donde quiera que vaya la gente hace lo imposible por tomarse una selfie a su lado, y cada frase que pronuncia es un titular seguro. Por estos días, como invitado de honor del festival de astrofísica Starmus en la isla de Tenerife, sus palabras volvieron a causar polémica al reafirmar sin contemplaciones que Dios no existe. 
“En el pasado, antes de que entendiéramos la ciencia, era lógico pensar que Dios creó el universo. Pero ahora la ciencia ofrece una explicación más convincente”, dijo al periódico español El Mundo. En su obra más famosa, Breve historia del tiempo, publicada en 1988, Hawking sugirió que el hombre solo conocería “la mente de Dios” cuando lograra entender la teoría de todas las cosas, que busca unificar de manera coherente las fuerzas que gobiernan el universo. Hasta entonces el astrofísico más célebre del mundo se consideraba agnóstico, pues aunque no podía demostrar científicamente la existencia de un ser superior, tampoco cerraba la puerta a esa posibilidad: el concepto de lo divino superaba su conocimiento. 
En 2010, sin embargo, mandó esa idea al traste en el libro El gran diseño, donde declaró que el universo surgió de la nada, de forma espontánea, como consecuencia inevitable de las leyes de la física. En pocas palabras, Dios no es necesario para explicar el origen de todo. Ahora ha confirmado su postura radical: “Lo que quise decir cuando aseguré que conoceríamos ‘la mente de Dios’ era que comprenderíamos todo lo que Dios sería capaz de entender si acaso existiera. Pero no hay ningún Dios. Soy ateo. La religión cree en los milagros, pero estos no son compatibles con la ciencia”, concluye.
Esa sentencia no deja de ser paradójica, pues para muchos él mismo es la prueba de que los milagros existen. A los 21 años le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad neurodegenerativa que provoca una parálisis muscular progresiva, la misma que causó el furor del Ice bucket challenge. Los médicos le dieron entre dos y tres años de vida, pero Hawking desafió los pronósticos. Hoy, con 72, solo puede mover los ojos y las mejillas. Con estas controla un computador que le permiten comunicarse mediante un sintetizador de voz. Con acento robótico insiste en que la ciencia es la respuesta a todo. 
“Creo que sí conseguiremos entender el origen y la estructura del universo. De hecho, ahora mismo estamos cerca de lograr este objetivo”, añade. Hawking se refiere al reciente hallazgo de ondas gravitacionales generadas durante la creación del cosmos que ratifica la idea de la inflación. Según esta, después del Big Bang el universo se expandió a una velocidad mayor que la luz y en ese proceso se pudieron haber creado otros universos, como si se tratara de una olla de agua hirviendo donde aparecen y se chocan cientos de burbujas. Esa postura, más conocida como la teoría de los multiversos, da luces sobre qué pasó antes de la gran explosión. El británico es optimista, pues para él, “no hay ningún aspecto de la realidad fuera del alcance de la mente humana”. Falta el detalle más importante: rebobinar por completo la película del origen. 

Tomado de revista semana.

viernes, 3 de octubre de 2014

LAS ESTRELLAS DEL MAR


 
Cierto día , caminando por la playa reparé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar . Hacía lo mismo una y otra vez......
Tan pronto como me aproximé me di cuenta de que lo que el hombre agarraba eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al mar.
Intrigado , lo interrogué sobre lo que estaba haciendo,y me respondió :
Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano.
Como ves , la marea es baja y estas estrellas han quedado en la orilla ; si no las arrojo al mar morirán aquí por falta de oxígeno.
Entiendo, le dije, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa.
No puedes lanzarlas a todas. Son demasiadas .
Y quizás no te des cuenta de que esto sucede probablemente en cientos de playas a lo largo de la costa ¿no estás haciendo algo que no tiene sentido ?
El nativo sonrió , se inclinó y tomó una estrella marina y mientras la lanzaba de vuelta al mar me respondió: ¡ para esta si lo tuvo !
 Sé que en este mundo complicado, trastocado, acelerado, equivocado, un gesto de ternura y solidaridad no alcanza...
Nada puedo hacer para solucionar las penas del mundo pero mucho puedo hacer para ayudar en el pedacito de mundo que me toca.

(desconozco su autor)

jueves, 3 de julio de 2014

DIAGNÓSTICO DE UNA MADRE QUE PERDIÓ A SU HIJO: TRISTEZA ABSOLUTA.

Por primera vez, cuenta qué hubo detrás del suicidio de su hijo, un estudiante de los Andes.
No sobra nada. Hay justo lo necesario para vivir bien; un buen apartamento y sin extravagancias en un sector del norte de la ciudad, un cupo en la mejor y más costosa universidad del país, y la posibilidad de viajar una vez al año a cualquier rincón del mundo.
Nada de eso importó, el diagnóstico fue solo uno: tristeza absoluta. Santiago* había entrado en un estado que en psicología llaman plano; morir era la única opción. “Hace cuatro años que no le encuentro sentido a mis días. No quiero estudiar, no quiero ser psicólogo, no quiero pasar mi vida en una oficina. He tratado de tener sexo desenfrenado, usar drogas, pero me es imposible ser feliz”, decía un aparte de su primera carta de despedida.
Sofía*, atlética, de 59 años, habita en el mismo lugar en donde vio a su hijo por última vez. Carga la historia de un pasado con excesos de soledad, y un kleenex se deshace en su rostro tratando de desaparecer las lágrimas. “Nací en Suba cuando era un potrero apartado. Allí vivía con mis dos hermanos. El único contacto era con los niños trabajadores de la finca. Nuestra educación fue en casa”.
Su padre, austriaco, los apartó del mundo, al parecer queriendo alejar a su familia de la Segunda Guerra Mundial, esa que persistía en su cabeza y que le había arrancado de su vida a su primera esposa y a un hijo. “Llegó a Colombia con dos marcos, triste, expulsado de su país. Para él fue como comenzar de nuevo. Con 55 años se casó con mi mamá que tenía 25 y era modista, tuvo tres hijos y vivió de su carrera, arquitectura”.
Sofía recuerda las palabras dulces que él le decía, pero también su reacción cuando decidió estudiar Secretariado Bilingüe. “Se puso furioso. Tenía miedo de que sus hijos se fueran. Con el tiempo lo asimiló y hasta me ayudó a terminar mi carrera porque vio resultados. Yo era importante para él”.
Otra fue la historia con su madre, una mujer recia de origen campesino. “Fue muy dura conmigo. Venía de una familia de nueve hermanos, pobres, que vivían en el campo. Mis abuelos siempre dependieron de criar gallinas y animales.
Todos sus hermanos se vinieron a Bogotá. Lo que siento es que ella descargó más responsabilidades en mí, que en mis otros hermanos”.
Durante 32 años Sofía fue exitosa, siempre trabajó en multinacionales y, en ese momento de su vida, en la misma zona rural donde transcurrió su juventud, conoció a su esposo haciendo deporte, una afición de toda su vida.
Cuatro años después de su matrimonio, nació Santiago, pero para ese momento la relación de pareja ya era difícil. “Siempre tuvo un carácter duro. Él es ingeniero civil y, aunque trabajó mucho tiempo, cuando nació mi hijo se quedó sin empleo”.
A los 32 años Sofía no solo respondía con la mayor parte de las responsabilidades de su hogar, laborando de 8 de la mañana a 5 de la tarde, sino por la salud de sus padres, ya ancianos. Y llegaba a su casa a cumplir con las tareas del hogar. “A mi pareja no le gustaban las empleadas: le parecían terribles”.
Mientras todo eso pasaba, Santiago era cuidado en una guardería del barrio, muchas veces hasta las 7 u 8 de la noche, porque pocas veces su padre se apersonaba.
Hasta quinto de primaria Sofía tenía que llegar del trabajo a hacer las tareas con su hijo. “Llegaba cansada a hacer oficio, a cocinar, a lavar la ropa… Sí, yo le gritaba si las tareas le quedaban mal hechas. Repetí el mismo patrón de mi mamá. No dormía bien, mi trabajo era exigente, discutía con mi esposo porque nunca podía recogerlo. Le hacía saber que estaba cansada pero nunca actuamos como un equipo de trabajo”. Sofía suspira. Ese mismo recorrido de su vida lo ha hecho una y otra vez, después de la muerte de su hijo.
Una pequeña sonrisa se dibuja luego en su rostro y recuerda esos momentos alegres en los que él y ella eran uno solo. “Santiago fue hermosísimo. Me ayudaba a lavar la losa, me alcanzaba las pantuflas, era tierno. Le iba excelente en su colegio, era muy disciplinado”.
Pero había una constante en la vida de Santiago: creció viendo a su madre trabajar, a su padre irse, no sabía a dónde, pero siempre lejos de su existencia, la posibilidad de tener alguna vez a un hermano desvanecerse entre las ocupaciones de su familia. “Mi esposo no quiso otro niño. Era un hombre huraño, pero tampoco lo culpo. Desde los diez años estuvo en un colegio interno y después en un seminario. El papá trabajaba, la mamá era maestra. Terminamos uniéndonos dos personas con un pasado triste”.
Santiago pasó de ser un niño sensible, amante de los animales, a convertirse en uno tímido, cada vez más ajeno a su entorno. Siempre fue el mejor en materia académica, pero no pasaba lo mismo en su vida social. “Supe por una profesora que tuvo tiempos en los que estaba muy aislado. Era de pocos amigos, como yo. A mí me daba jartera reunirme, perder todo un día para dos horas de trabajo me parecía estúpido”.
A Sofía le pesan muchas cosas. Solía hacer ejercicio los domingos. Corría 10 o 20 kilómetros. Mientras eso pasaba su hijo la esperaba en casa. Cuando la veía llegar estaba muy cansada. “Dormía mucho, estaba rendida. Esa era mi vida los fines de semana”, recuerda.
Los escasos momentos en que madre e hijo se relacionaban estaban precedidos de ataques de celos del padre. “Le enfurecía que yo me metiera en la cama con mi hijo hasta los 20 años. En ese momento Santiago me contaba cosas, nos reíamos. Mi esposo siempre fue cuadriculado, seco, indiferente y machista”, cuenta.
Entonces, Santiago se fue refugiando en sus estudios. Aprendió a jugar tenis, patinaje, natación, escuchaba música durante horas y pasaba tardes enteras perdiéndose entre programas de cultura e historia.
Solo había un mes en el año en el que intentaban ser familia. “Pedía vacaciones y nos íbamos a cualquier parte del mundo. Así conocimos Chile, Argentina, Alaska, Canadá, Brasil. A mi hijo le gustaban mucho los viajes. Una vez me dijo: ‘Solo esos días estamos juntos, ¿verdad mami?’ ”.
De resto, las Navidades eran tan solas como los demás días del año. El padre de Santiago solía desaparecer justo el 24 de diciembre porque detestaba tener que pasar ese día en familia. Decía que regalarse medias y calzoncillos era un plan demasiado aburrido. Entonces Sofía y Santiago hacían las visitas de rigor y, otra vez, se refugiaban en su pequeño mundo.
Santiago era autodidacta. Aprendió a hablar inglés, francés y alemán con casetes que su madre le regaló y cuando alcanzó la edad suficiente para entrar a la universidad, qué mejor opción que la Universidad de Los Andes, cuna de ministros y presidentes.
Quiso estudiar veterinaria o arquitectura, por las historias de su abuelo, pero terminó inscribiéndose en psicología, y al poco tiempo, influenciado por su madre, a alternar su carrera con la de idiomas. Tenía 18 años cuando comenzó en la universidad. “Lo forcé a estudiar dos carreras. Sus días eran muy pesados, pero era el mejor”.
Santiago cumplió 22, con una apariencia física de un joven menor, que vestía ropa oscura. Era alto y solía contarle a su mamá la historia de una niña que andaba con una maleta, siempre apartada, siempre sola. “No sé si me intentaba contar cosas. Creo, ahora, que estaba hablando de él”, dice Sonia.
El comienzo del fin
Ese día Santiago había tomado la decisión de salir más tarde de su casa hacia la universidad para no tener que irse con su madre. Cambió de horarios y quiso comenzar a llegar más tarde a dormir. El contacto era mínimo y su personalidad cambió de forma drástica. “Él llegó a consumir marihuana”.

Eran menos los momentos en los que quería hablar con su mamá, hacerle cosquillas o burlarse de las costumbres colombianas que catalogaba de ordinarias. “Decía que la gente debería ser más culta. A mí tampoco me gustan mucho las cosas de este país: el vallenato, las chivas, las cosas autóctonas me hartan”, dice Sofía.
Una pelea con su hijo cambió para siempre la rutina de esta familia. “Discutimos. Se puso histérico porque la empleada desconectó el televisor y dañó un programa que estaba grabando. Me gritó y yo le exigí que no me faltara al respeto. Esa noche se lavó los dientes, se despidió de mí y al otro día desapareció. Eso fue el miércoles 8 de septiembre del 2008”.
Pasaron jueves, viernes, sábado, domingo y lunes. Era el fin de semana que se celebra el Día del amor y la amistad. “Lo buscamos por todos lados, le escribimos correos, fuimos a la funeraria, a la Fiscalía pero no aparecía. Me acosté destrozada”.
Eran las 11:30 de la mañana cuando sonó el teléfono. Santiago se había internado en un hotel. Llevaba dos días sin salir y eso alertó al personal. “Se había tomado 60 pastillas. Fue su primer intento de suicidio. No me dijo nada. Estaba seco. Yo también sentí miedo de preguntar. Después de eso nos dijeron que buscáramos a un psiquiatra”, cuenta su madre.
El padre de Santiago había encontrado algo más en la maleta del joven: una cuerda. El plan B era colgarse, pero tener 1,80 de estatura le dificultaba la tarea. “Nos recomendaron que lo lleváramos a la clínica Monserrat, para enfermos mentales. Allá estuvo durante un mes”.
Fueron tardes enteras bañadas en llanto. Sofía tenía que ver a su hijo sedado para que no se suicidara porque esa se había convertido en su obsesión. Buscó la muerte colgándose de la columna de un baño y cortándose las venas con una cuchilla.
Salió de la Monserrat contento, cansado de dormir tiempo completo, para que la idea del suicidio se le borrara un poco. Pero allá hizo dos intentos más, incluso, con una cuchilla. “Yo le decía: ‘Hijo, por qué te haces esto’. Y él me respondía: ‘Mamá, porque me duele menos’. ‘¿Luego, qué te duele?’. ‘¿Adentro mamá, adentro’. Es como si buscar la muerte lo liberara”, recuerda Sofía.
Los psicoanalistas salían frustrados de las sesiones con el joven: se resistía a hablar del pasado y por eso llegaron a contratar a un psiquiatra reconocido. “Un mes después mi hijo salió de la clínica”.
Santiago volvió a la universidad en 2008, tenía lapsos de dos meses en aparente calma hasta que llegó la Navidad. “Ese día, como nunca, decidimos pasarla juntos en la casa de la abuela. Cuando íbamos llegando se le desgranaron las lágrimas y me dijo: ‘Mamá, no puedo’. Nos tocó devolvernos a la casa”.
Santiago había hecho un pacto en terapia. Prometía vivir solo hasta el 15 de enero de 2009. Mientras se cumplía el plazo, Sofía se desgarraba por dentro cada vez que veía a su hijo salir a la calle. Era una angustia permanente de pensar en recibir la peor de las noticias o en hacer algo que sacara de esa infinita tristeza a su hijo. Cerrar los ojos en las noches era una pelea contra el tiempo y el cansancio.
Una de esas noches oyeron un ruido. Santiago había coleccionado pastillas en un frasco. Aquella vez, ingirió demasiadas. “ ‘Hijo, ¿qué haces?’ Él, en medio de su borrachera, me dijo: ‘Ya sabes mamá’ ”. Sofía y su esposo terminaron esa noche en la clínica. Le hicieron un lavado de estómago. Duró una semana desintoxicándose y cuando despertó solo dijo: “Maldita sea, por qué me quieren obligar a vivir”.
Sofía mataba sus demonios corriendo; era lo único que la ayudaba a seguir, a sentir el odio de su hijo por no dejarlo partir, a soportar verlo internado en la Clínica La Paz, en donde también intentó colgarse, porque ya los gastos no le permitieron mantener el tratamiento en un sitio privado. Su convicción de morir era tan clara que se burlaba de sus compañeros de encierro, a quienes tildaba de locos por sus extrañas maneras de padecer su enfermedad. Dos meses después, salió de la clínica. Cumplió 22 años el 14 de julio de 2008 y el 16 de ese mismo mes todo acabó. “El psiquiatra dijo que su diagnóstico era tristeza absoluta, depresión mayor; en esos casos no hay expectativa de vida. Ahora pienso que él hizo esfuerzos por vivir. No por él, por nosotros. Comer, sonreír era difícil”, contó.
Santiago estuvo en paz el día en que tuvo la convicción de morir. Los psicólogos que lo trataron dicen que ese momento se llama ‘plano’. Luego de esta etapa llegó el día. “Esa noche soñé que bajaba las escaleras. Vi a mi hijo dentro del carro y un colchón estaba debajo del mismo. Cuando intenté entrar, la puerta estaba con candado”.
Ese fue el preludio. Cuando Sofía despertó su hijo yacía en su cama, había vomitado y a su lado había una botella de Coca Cola sin terminar. Eso pasó a las 3:30 de la mañana. A las 5:50, el apartamento de esta familia estaba lleno de funcionarios de la Fiscalía y de paramédicos.
Fue doloroso, pero, en medio de ese infierno, Sofía siente que él descansó de esa búsqueda permanente de la muerte.
Sofía mantiene el cuarto de su hijo intacto. Ahora, que ya no trabaja, sabe que la luz del día entra directo en la habitación de su hijo, rastrea cada detalle de su vida para tratar de encontrar el momento exacto en que su hijo tomó un camino sin salida, soporta en silencio los años que le quedan. Vive con su esposo a quien culpa, por parte, de su desgracia y corre, corre mucho, tratando de entender las razones que le impidieron celebrar una Navidad, darle un juguete a su hijo, invitar a sus amigos a la casa, tantas cosas. “Después del suicidio es como si se abriera un telón. Ahora, vivir... ¿como para qué? No sé si lo haga”, dice.
Le ha rondando la idea de la muerte y por eso asiste a una fundación de familiares de suicidas para superar su tragedia. Ha entendido que muchos jóvenes toman la decisión por soledad. “Por eso le cuento mi historia, no es amarillismo, es para que otras familias cambien a tiempo y que para que universidades y colegios intervengan si hay alertas, como las de mi hijo”.
Hoy, ni sus allegados conocen la historia completa que desencadenó la muerte de Santiago, porque Sofía los odió después de ese día. Todas las cartas de despedida son guardadas por ser el testimonio de una vida que se apagaba.
También el anuario en el que escribió en alemán: “Gracias mamá, tías, abuelas por haber sido incondicionales. Papá, no sé por qué siempre estás tan alejado de mí”.
CAROL MALAVER Redactora de EL TIEMPO


*Nombres cambiados para proteger identidad. Escríbanos a carmal@eltiempo.com

martes, 3 de diciembre de 2013

Cuento corto de García Márquez


   

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del    mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos.
Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus duda
Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.
El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado.
Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle con el objetivo de distraer su atención.
De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba.
Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: "como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que  lo repares sin ayuda de nadie".
Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así.
Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente.
"Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo".
Al principio el padre no creyó en el niño!
 Pensó que sería imposible que, a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.
Para su sorpresa, el mapa estaba completo.
Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares.
¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?
De esta manera, el padre preguntó con asombro a su hijo: 
Hijito, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lo lograste? 
Papá, respondió el niño; yo no sabía como era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre.
Así que di vuelta los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era.
"Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo".
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ